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El precio del petróleo volvió a recordarle al mundo una verdad que parecía haber quedado en segundo plano durante la transición energética: todavía no existe una materia prima capaz de alterar con tanta rapidez la inflación, el comercio internacional, los costos de producción y las perspectivas de crecimiento de prácticamente todos los países.
La nueva escalada del crudo no es simplemente un problema energético. Es un shock económico global.
El último informe mensual de la Agencia Internacional de Energía ofrece una dimensión del fenómeno. El North Sea Dated, (la referencia para el precio del petróleo crudo) trepó a un promedio de US$116,89 por barril en septiembre y, al momento de elaborarse el informe de octubre, se ubicaba alrededor de US$134. Al mismo tiempo, las tensiones sobre el abastecimiento, los fletes y los combustibles generaron fuertes presiones sobre las refinerías de Europa y Asia.
Para la economía mundial el diagnóstico parece relativamente sencillo. Para la Argentina, en cambio, la situación encierra una paradoja.
El petróleo caro es una mala noticia para buena parte del planeta. Pero para un país que durante décadas sufrió cada crisis energética internacional y que ahora dispone de la capacidad exportadora de Vaca Muerta, la ecuación empezó a cambiar.
Cuando sube el petróleo, los países importadores de energía pagan una suerte de impuesto externo. De hecho, necesitan destinar más dólares a comprar prácticamente la misma cantidad de combustible. Aumentan los costos del transporte, la logística y la producción industrial. Las compañías aéreas pagan más por el combustible, los barcos resultan más caros y las empresas que utilizan derivados del petróleo incorporan ese incremento a sus costos.
El fenómeno termina llegando, tarde o temprano, al bolsillo de los consumidores.
La magnitud del shock actual ya empieza a aparecer en los números internacionales. Ahora se proyecta que la demanda mundial de petróleo disminuirá 2,6 millones de barriles diarios en promedio durante 2026 y se atribuye la contracción a la menor disponibilidad de combustibles, la fuerte suba de precios y el deterioro del panorama económico.
La conclusión es importante: un petróleo demasiado caro termina destruyendo una parte de su propia demanda.
Y allí aparece el principal riesgo para la economía mundial. El barril alto beneficia inmediatamente a los productores, pero perjudica a los países consumidores y puede reducir el crecimiento global. Al mismo tiempo, complica el combate contra la inflación porque encarece uno de los insumos que directa o indirectamente atraviesa prácticamente todas las cadenas productivas.
En este contexto, la Argentina ya no está del mismo lado del mostrador. Durante muchos años este escenario habría representado una pésima noticia para la Argentina.
El país necesitaba importar energía y, por lo tanto, cualquier salto de los precios internacionales significaba mayores necesidades de dólares justo cuando más escasos eran.
Hoy la situación es diferente. Vaca Muerta modificó esa ecuación. Por eso, la Argentina se transformó en exportadora neta de energía y eso significa que el aumento internacional del petróleo produce ahora un efecto que hace solamente algunos años parecía improbable: mejora el valor de sus exportaciones de crudo y fortalece potencialmente el balance energético. La diferencia no es menor.
En los últimos años, las importaciones de combustibles rondaban los 11.000 millones de dólares por año. Ahora la Argentina es exportadora neta: el año pasado la balanza comercial de este renglón tuvo un saldo positivo de entre 6.663 y 7.815 millones de dólares (según la fuente que se consulte). Este año, ese superávit se encamina a los US$ 10.000 millones o quizás más. Entre lo que se dejó de importar y lo que ahora ingresa por exportaciones, la vuelta de campana ronda los 20.000 millones de dólares.
La Argentina no descubrió ahora sus recursos energéticos. Lo que cambió fue su capacidad de producirlos en escala creciente. Y esto modifica completamente la forma de analizar una crisis petrolera internacional.
Antes la pregunta era cuánto le costaría al país importar la energía necesaria. Ahora la pregunta empieza a ser cuánto puede ganar exportándola.
De todos modos, el beneficio macroeconómico tiene un costo doméstico. Que el petróleo caro favorezca las exportaciones argentinas no significa que automáticamente mejore toda la economía.
El mismo barril que genera más dólares cuando se exporta también puede encarecer los combustibles que consumen los argentinos.
Y cuando aumenta el combustible no solamente aumenta el costo de llenar un tanque. Aumenta el costo de mover un camión, transportar alimentos, trabajar la tierra y distribuir mercadería. Otro ejemplo claro es que repercute en los balances de las empresas compradoras del insumo, como escribió el periodista Luis Ceriotto en este diario, Aerolíneas Argentinas volvió a perder plata luego de dos años.
La misma Argentina que tiene récord de exportaciones gracias a las ventas externas de energía tiene varias fichas compradas para entrar en recesión, con un crecimiento anual que será moderado, aunque por encima de varios países de la región, pero con una industria manufacturera en declive y una mora de la población altísima.
Ante esta situación la pregunta obligada es ¿qué hubiese pasado si la actual crisis del petróleo llegaba cuando la Argentina era importadora neta de energía? La respuesta es obvia, hubiese estallado por los aires.