
La economía argentina consolida un esquema de crecimiento heterogéneo, en el que conviven sectores con fuerte expansión y otros que aún no logran recuperarse. Mientras el agro, la energía y la minería impulsan la actividad, ramas clave como la industria, el comercio y la construcción continúan rezagadas, configurando un escenario de “dos velocidades” que preocupa a analistas.
Los datos recientes del INDEC muestran que el nivel general de actividad alcanzó máximos en los últimos meses. Sin embargo, ese crecimiento se apoya principalmente en sectores con menor capacidad de generación de empleo, lo que limita el impacto sobre el mercado laboral y el consumo.
En efecto, las actividades más dinámicas —vinculadas a exportaciones de recursos naturales— aportan volumen y divisas, pero no logran compensar la debilidad de los sectores intensivos en mano de obra. Esta brecha se refleja en el aumento de la desocupación, que alcanzó el 7,5% hacia fines de 2025, con fuerte incidencia de rubros como la construcción y el comercio entre los puestos perdidos.
El fenómeno responde a un cambio en los motores de la economía. El crecimiento actual está impulsado por el agro, el petróleo, la minería y, en menor medida, la intermediación financiera. En contraste, la demanda interna —clave para la industria y el comercio— continúa condicionada por la caída del poder adquisitivo y el freno del crédito.
Algunos informes privados advierten que, si bien en los últimos meses hubo leves repuntes en sectores rezagados, estos no alcanzan para revertir la tendencia. Incluso en los casos donde se registran mejoras mensuales, los niveles de actividad se mantienen por debajo de los registros previos al cambio de ciclo económico.
El comportamiento del crédito aparece como una variable central para explicar esta dinámica. Tras un período en el que el financiamiento sostuvo el consumo, el endurecimiento de las condiciones —con tasas más altas y menor licuación inflacionaria— redujo ese impulso y afectó especialmente a los sectores orientados al mercado interno.
A este cuadro se suma un contexto de mayor apertura comercial, que introduce nuevos desafíos para la producción local. El ingreso de bienes importados, en un escenario de tipo de cambio relativamente estable, incrementa la competencia y presiona sobre la industria manufacturera, que ya venía golpeada por la caída de la demanda.
Las proyecciones hacia adelante mantienen este patrón. Los analistas prevén que el crecimiento en 2026 será moderado y continuará sostenido por los sectores exportadores, mientras que no se observan, por ahora, motores claros que impulsen una recuperación vigorosa del resto de la economía.
En este contexto, el principal interrogante pasa por la capacidad de los sectores rezagados para salir del estancamiento. La evolución del salario real y del crédito serán determinantes para reactivar el consumo y, con ello, a la industria y el comercio.
Por ahora, el escenario sigue marcado por una expansión con bases desiguales: una economía que crece en sus indicadores agregados, pero que lo hace sin derrame significativo sobre el empleo y con una brecha cada vez más visible entre sus distintos sectores productivos.