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En un país donde la política pública a menudo es rehén de los vaivenes ideológicos del poder de turno, la reciente decisión de la Justicia de admitir un recurso de amparo para exigir la continuidad del Plan Nacional de Prevención del Embarazo No Intencional en la Adolescencia (ENIA) se presenta como un acto de resistencia institucional frente al abandono del Estado.
El programa, que desde su creación en 2017 articuló acciones entre el sistema de salud, la educación y las áreas sociales para reducir los índices de embarazo adolescente, no sólo mostró resultados concretos —con una baja sostenida en las tasas en varias provincias—, sino que además representó un enfoque integral, respetuoso de los derechos y necesidades de las y los adolescentes. Su interrupción o desfinanciamiento no puede ser interpretado más que como un retroceso, una claudicación frente a compromisos asumidos en el plano nacional e internacional.

La presentación judicial, impulsada por organizaciones sociales, profesionales de la salud y referentes del ámbito educativo, logró que un juzgado federal diera luz verde a un proceso que busca determinar si el desmantelamiento del ENIA vulnera derechos protegidos por la Constitución y los tratados internacionales. No es poca cosa: se trata de un llamado de atención sobre los límites del poder ejecutivo para omitir, por omisión o negligencia, políticas públicas esenciales.
Pero este caso también nos interpela como sociedad. ¿Por qué una política tan sensible y con resultados comprobables no genera consenso? ¿Qué tipo de agenda puede considerar prescindible la prevención del embarazo adolescente, cuando se sabe que detrás de cada embarazo no intencional hay una historia de desigualdad, falta de acceso a información y, muchas veces, de violencia?

En tiempos donde se proclama la austeridad como virtud suprema, hay que recordar que los derechos no son un lujo ni un gasto. Son una obligación indelegable del Estado. Celebrar que la Justicia haya tomado el caso no debería hacernos olvidar que esta instancia no debió ser necesaria. La continuidad del ENIA debió estar garantizada por convicción política, no por presión judicial.
