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La secretaria del Interior británica, Yvette Cooper, calificó los bombardeos como “profundamente dañinos” y sostuvo que el conflicto debe detenerse para evitar una expansión regional. “Queremos ver al Líbano incluido en el alto el fuego”, afirmó, al tiempo que remarcó que la continuidad de las hostilidades podría poner en riesgo la estabilidad de toda la zona.
En la misma línea, el secretario general de la ONU, António Guterres, condenó los ataques israelíes y alertó por el impacto humanitario. Según el organismo, los bombardeos dejaron cientos de víctimas civiles, incluidos niños. “No existe una solución militar al conflicto”, reiteró el funcionario, al pedir el cese inmediato de las operaciones.
Desde Israel, en tanto, defendieron la ofensiva al señalar que los ataques fueron planificados durante semanas y dirigidos contra posiciones de Hezbollah. De acuerdo con las Fuerzas de Defensa de Israel, los objetivos incluyeron centros de mando, infraestructura militar y depósitos de armamento utilizados para planificar ataques contra tropas y civiles.
El escenario se complejiza con movimientos diplomáticos y energéticos en paralelo. Una delegación de Irán tiene previsto arribar a Pakistán para retomar negociaciones con Washington, mientras que el presidente estadounidense, Donald Trump, advirtió que las fuerzas de su país permanecerán desplegadas en la región hasta garantizar el cumplimiento de un “acuerdo real”.
Al mismo tiempo, países como Australia comenzaron a tomar medidas ante el impacto energético del conflicto. El primer ministro Anthony Albanese anunció un refuerzo en el suministro de combustible para enfrentar posibles faltantes derivados de la crisis en Medio Oriente.
En este contexto, la tensión militar, las advertencias diplomáticas y las medidas económicas reflejan un escenario internacional inestable, donde cualquier ruptura del alto el fuego podría profundizar el conflicto y sus consecuencias globales.