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Neuquén AR

La ropa cara es el síntoma, no la enfermedad

Las declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, sobre el precio de la indumentaria en la Argentina volvieron a encender un debate que, una vez más, parece mal enfocado. Sostener que no compra ropa en el país para “no dejarse estafar” no sólo resulta provocador: revela una mirada simplificada que omite el problema estructural que encarece todo lo que se produce y se vende en la economía local.

Si la ropa cuesta más, no es por la supuesta especulación de fabricantes o comerciantes. Es por el llamado Costo Argentino: un entramado de impuestos, distorsiones regulatorias, cargas financieras y fallas logísticas que impacta sobre cualquier bien, desde alimentos hasta electrodomésticos.

El índice big mac como termómetro

El ejemplo más didáctico surge del Índice Big Mac, que ubica a la Argentina entre los países más caros del mundo en términos relativos. Nadie podría argumentar que los productores de carne, pan o lechuga se enriquecen con ese precio. El valor final acumula capas de impuestos, transporte ineficiente, costos financieros elevados y regulaciones cruzadas.

La indumentaria responde a la misma lógica. Es cara por las mismas razones que es cara la comida. No es un fenómeno sectorial, es sistémico.

El falso dilema de la apertura

Plantear que la solución es simplemente abrir las importaciones o desproteger la industria nacional parte de un diagnóstico incompleto. Aun si un comerciante decidiera traer toda su mercadería del exterior, seguiría enfrentando una estructura de costos que lo deja fuera de competencia frente a países vecinos.

Aranceles, IVA, Ingresos Brutos, tasas municipales, costos portuarios, transporte interno y financiación elevan el precio final. No es una decisión empresarial: es una restricción impuesta por el diseño económico.

Por eso, comparar precios con Chile o Paraguay sin considerar esas diferencias estructurales conduce a conclusiones engañosas.

Quién paga el costo real

Cuando desde el poder político se desalienta la compra en el mercado interno, el impacto no recae sobre grandes conglomerados. Golpea directamente a pymes, comercios de barrio, talleres textiles, distribuidores, empleados de ventas y logística.

Ese entramado es el que sostiene empleo en cada ciudad del país. Presentarlo como parte de una “estafa” erosiona la confianza del consumidor y debilita aún más una actividad ya castigada por la caída del consumo.

El daño es territorial y social: menos ventas implican menos empleo y menos circulación económica local.

La transferencia silenciosa

Si la preocupación es el bolsillo del consumidor, el foco debería desplazarse hacia el sistema financiero. Con una inflación cercana al 31,5%, ofrecer crédito al consumo con tasas próximas al 90% genera una transferencia regresiva de ingresos.

Quien no puede pagar en efectivo termina financiando bienes básicos con intereses desproporcionados. Allí se produce uno de los mayores sobrecostos invisibles del sistema.

Marcas globales, reglas locales

Firmas internacionales como Nike, Adidas o Puma venden en Argentina más caro que en la región. No por abuso comercial, sino porque operan bajo las mismas reglas fiscales y logísticas que cualquier empresa local.

El problema no es la etiqueta ni el comerciante. Es el entorno en el que se los obliga a producir y vender.

Responsabilizar a quienes están al final de la cadena es una salida sencilla que evita discutir la raíz del problema. Gobernar no es elegir dónde comprar ropa. Gobernar es generar condiciones para que producir, vender y consumir en la Argentina deje de ser una carrera cuesta arriba.

La ropa cara no es la enfermedad. Es apenas uno de sus síntomas más visibles.

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