Dólar oficial $1.405 – Dólar Turista 1.826,50 – Dólar blue $1.415 – Dólar MEP $1.421,83 – Contado con Liqui $1.477,76 – Riesgo País 505
La economía argentina avanza como quien camina sobre un lago delgado y helado: cada paso puede ser el último antes de romper el hielo. En ese contexto, la suba de casi 15% del tipo de cambio oficial durante julio puso a prueba la capacidad del Gobierno de Javier Milei para contener una nueva ola inflacionaria. Y aunque los primeros datos de agosto muestran un traslado a precios moderado, el resultado dista de ser tranquilizador.
El mensaje oficial es claro y repetitivo: no hay emisión, no hay convalidación monetaria, ergo, no hay razones para que suban los precios. El ministro Luis Caputo insiste con esa línea, e incluso refuerza la idea de que la competencia entre empresas estaría ayudando a moderar los aumentos. Sin embargo, el mercado minorista parece estar jugando otro juego. Un juego donde la lógica no se impone por decreto.
Las principales consultoras privadas que miden la inflación semanal reflejan una escena heterogénea. Algunas, como Analytica, detectaron casi nulo movimiento en alimentos y bebidas. Otras, como Equilibra y LCG, dieron cuenta de alzas del 1% a 2% solo en la primera semana del mes. La inflación núcleo volvió a encender alertas y los rubros con insumos importados (autos, medicamentos, productos de limpieza y libros) encabezaron los aumentos.
Más allá del número puntual de agosto, lo que parece claro es que el impacto del salto cambiario no se trasladó de forma inmediata ni violenta a los precios minoristas. Pero eso no significa que el efecto esté neutralizado, sino probablemente dosificado. El pass through, ese mecanismo temido y muchas veces inevitable, no desapareció: solo se moderó.
La razón principal no está en la política monetaria, como quiere el Gobierno, sino en la demanda. El consumo sigue estancado, la actividad no repunta y muchas empresas eligieron absorber parte del shock cambiario para no perder volumen de ventas. El sacrificio de márgenes se volvió norma. A eso se suma la apertura de importaciones, que también limita los aumentos de precios en sectores más expuestos a la competencia externa.
Pero esa combinación de factores no es infinita. Si el dólar vuelve a moverse, si la recomposición salarial sigue corriendo de atrás o si los márgenes no resisten, los precios reaccionarán. De hecho, algunos rubros como alimentos fuera del hogar y servicios regulados ya están marcando el camino. Y el piso inflacionario de agosto, entre 2% y 2,5%, podría volverse la nueva norma, aún en un contexto recesivo.
El Gobierno celebra que el dólar libre está calmo y que la inflación se desacelera. Pero la economía real no se rige solo por señales financieras. Mientras tanto, los hogares enfrentan un delicado equilibrio entre precios que no bajan y sueldos que apenas alcanzan. La calma, si existe, es tensa. Y el hielo, fino.