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Esta división, que mezcla política con patrones de gasto, industria y percepción social, está dejando huellas profundas en el mapa económico estadounidense.
La vida cotidiana en cada uno de estos universos es cada vez más distinta. En el entorno republicano, proliferan productos con fuerte identidad nacionalista, como las afeitadoras Jeremy’s Razors o el café Black Rifle, que apelan a valores tradicionales y conservadores. También hay marcas emblemáticas como Harley-Davidson o Good Ranchers, que se posicionan como símbolos de una América resistente y rural.
En los estados demócratas, en cambio, el consumo se orienta a servicios premium, tecnología limpia, transporte público y marcas con responsabilidad social. Ejemplo claro es Patagonia, una firma frecuentemente asociada con valores progresistas.
Más allá de la estética del consumo, las diferencias se profundizan en la estructura económica. Según datos recientes, las regiones que apoyan a los demócratas se han volcado a industrias intensivas en conocimiento, como el software, las finanzas o las tecnologías limpias. En los bastiones republicanos, crece la dependencia de la industria manufacturera, el agro y los servicios tradicionales.
El fenómeno no es nuevo, pero se intensificó desde la elección de Donald Trump en 2016. La pandemia, por ejemplo, mostró cómo los estados republicanos mantuvieron más activa su economía, mientras que los demócratas aplicaron mayores restricciones por precaución sanitaria. Esa diferencia dejó huellas en el crecimiento.
El caso de Tesla ilustra cómo hasta las marcas más globales quedan atrapadas en la polarización. Su CEO, Elon Musk, simpatizante de Trump, generó rechazo en sectores demócratas, y las proyecciones de ventas de la automotriz muestran una caída en los distritos azules y un aumento en los rojos. TD Cowen estima que esa grieta partidaria podría costarle a la empresa más de 100.000 autos vendidos por año.
El impacto también se refleja en las percepciones: actualmente, solo el 8% de los demócratas cree que la economía mejora, frente al 49% de los republicanos. Hace apenas dos años, esos números eran exactamente opuestos. Más que datos objetivos, importa desde qué lente política se observan.
En números duros, los distritos demócratas aún representan dos tercios del PBI estadounidense. Pero eso no opaca la fuerza del mundo MAGA, que, si se lo pensara como país, sería la tercera economía global con más de 10 billones de dólares.
Desde el gasto en residencias de ancianos en Wyoming hasta el auge del delivery en Nueva York, los hábitos y estructuras económicas de los votantes de ambos partidos cada vez se parecen menos. En un contexto de creciente polarización, la economía no solo reproduce esa grieta, sino que la profundiza.
Y así, Estados Unidos se aproxima peligrosamente a convertirse en dos economías paralelas bajo un mismo país: una roja y una azul, que ya no solo votan diferente, sino que viven, consumen y trabajan en mundos cada vez más lejanos entre sí.